Un día te despiertas y… ¡sorpresa! Tienes 40

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Todos seguimos adelante pensando que la vida nos va a sorprender con cosas buenas. La vida da giros inesperados, toda nuestra situación puede cambiar y siempre tratamos de pensar que lo bueno está por venir. No queremos pensar que las cosas malas están en el mismo bombo que las cosas buenas, y que cualquiera de las dos opciones puede caernos. “Qué mala suerte” o “Qué buena suerte”, diremos según si lo que nos ha tocado lo consideramos bueno o malo. Pero ¿existe la buena o la mala suerte?

Mientras tanto y nada nuevo suceda en nuestras vidas seguimos inmersos en nuestras rutinas -más o menos agradables-. Salimos a la calle en un día de viento porque trabajamos para alguien que nos hace estar sentados frente a una mesa, un ordenador, un teléfono y papeles de tal hora a tal hora -eso en el mejor de los casos, si no trabajas para quien te haga estar a la intemperie en un día desapacible forzando el físico…-. Acudes a tu lugar diario pasas las horas que tienes determinadas pasar allí, realizas las tareas que se suponen tu obligación para que cada mes recibas una paga a la que has de ajustarte. Y así van pasando los días. Piensas que tienes suerte porque al menos tienes trabajo.

Un día te levantas y ¡sorpresa! Tienes 40 años. Haces un rápido balance: tengo trabajo, tengo una pareja que me quiere, tengo hijos, tengo un hogar, tengo un coche, tengo un perro, tengo, tengo, tengo… ¿Pero qué tienes? ¿Cuál de esas cosas que has enumerado realmente te pertenece? ¿Tienes suerte o mala suerte? ¿Y por qué si tienes todo lo que te dijeron que debías tener sientes ese pequeño agujerito en el pecho? ¿Por qué, a pesar de todo, no estás satisfecho, no te sientes del todo feliz? Te sientes algo hastiado, algo apático… pero ni siquiera sabes el porqué, no sabes qué es lo que falta.

El día a día te absorbe la energía para que cualquier cosa que suene a cambio te resulte cansado sólo de imaginarlo. Fantaseas pero en seguida te dices “es demasiado tarde…”, y con un mohín resignado vuelves a sumergirte en tu rutina. No tienes tiempo y no quieres salir de tu zona de confort. Pero cada vez que tu mente trae a ti la visión de un tú distinto -quizás con una cámara fotográfica a cuestas, o con una mochila a los hombros recorriendo el mundo- conlleva, sin duda alguna, la esperanza de que alguna vez algo pueda cambiar.

En la imagen Ava Gardner en Mogambo, de 1953.

Veinteañeras versus cuarentonas

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